El fracaso es natural. Lo es, sí. Simplemente porque es uno de los dos resultados posibles cuando nos orientamos hacia un objetivo: conseguirlo, o no conseguirlo. Después de cada batalla, me quedo con la misma sensación cada vez que tropiezo: el éxito no es conseguir el objetivo planteado, sino tomar nota detallada de los errores y de los aciertos experimentados. Es el aprendizaje, no el resultado, el que nos lleva a estar más preparados para nuestro siguiente reto. El objetivo no es tan importante como el camino. Es ahí donde radica el éxito: en intentarlo, no en conseguirlo. En aprender, no en acertar ni en fallar. Nos hace más libres el recorrido del proceso que su final. Y es entonces, tras errar o acertar, cuando tenemos que echar la vista atrás en lo vivido para meditar el nuevo camino a vivir, orientándonos de nuevo hacia el fracaso para tratar de sobrepasar, esta vez sí, la tormenta. Superarla o no son los dos resultados naturales, tan antagónicos como complementarios. El éxito no es el fin, sino la orientación hacia él.